sábado 17 de noviembre de 2007

Rencor hacia la Izquierda

Oí a Gabriela Bustelo presentar su libro La Historia de Siempre Jamás en el largometraje semanal de Fernando Sánchez Dragó, Las Noches Blancas. Presentó su crítica a la Izquierda española y europea y reconoció que encuentra su base en el rencor. Rencor hacia las metiras, hacia los engaños de la Izquierda a sí misma y a todo el mundo. Rencor hacia la izquierda por haberla hecho creer en esas mentiras.

Yo me siento identificado con ese rencor hacia la Izquierda y hacia las cursilerías que yo mismo defendí en lo educativo (asociacionismo, participación, convivencia, motivación, innovación pedagógica...) y que no tenían nada que ver con que se aprendiera más en la escuela. El caso es que ese revisionismo de las idioteces que uno mismo defendió junto con el conocimiento de los sistemas de agitación y propaganda de la izquierda permite criticar el fondo moral del socialismo con bastante convicción. Mucho mejor que una oposición tipo oposición-a-notario por parte de derechistas ahora centristas y que no tienen ni idea de lo que es la Izquierda.

Tal vez ese rencor entendido como honestidad intelectual, ese rechazo a las metiras que uno mismo creyó, hace que quienes vienen "vacunados de la izquierda" suelan ser de los mejores y más combatientes liberales (siendo el liberalismo la única alternativa política y económica pero también moral y filosófica al socialismo): Pilar del Castillo, Alicia Delibes, Regino García-Badell, Federico Jiménez Losantos, Dragó, Girauta, García Domínguez y un largo etc. Y los neocons americanos. Y Ayaan Hirsi Ali, que desertó de la izquierda huyendo de la mentira del multiculturalismo.

P.D. Propongo a la RAE un nuevo asiento para "cretino": dícese del concejal andaluz que vota a favor de declarar persona non grata a un eurodiputado por expresar una opinión sobre un personaje histórico.

viernes 9 de noviembre de 2007

El liberalismo, más complejo de lo que creí

Mi primer contacto con el liberalismo se lo debo a la Web http://www.liberalismo.org/. Nunca me ha gustado depender de los demás (véase la manía que le tengo a hacer trabajos en grupo, o el hecho de que jamás he copiado en un examen porque suponía depender de otros), y de pronto me encontré con una ideología que se basaba precisamente en ese individualismo. La verdad es que por mucha izquierda y mucho "asociacionismo" que yo hubiera defendido, siempre me sentí identificado con aquel chiste de Churchill de que el mejor argumento contra una democracia es una charla de cinco minutos con el votante medio. La democracia era el mejor sistema político posible, pero cuanto mayor fuera el ámbito de decisión individual y menor el colectivo, por democrático que fuere, mejor.

Así que ese fue el primer liberalismo que conocí, el clásico, el económico, el de Adam Smith y el de Hayek. El de Xavier Sala i Martín. Sólo importaba el individuo, sólo en la esfera individual de autonomía estaba la libertad. Me identificaba entonces con el Ni Marx ni Jesús de Jean François Revel y con aquello de que los socialistas eran demasiado conservadores y los conservadores demasiados socialistas de Arthur Seldon que tanto repetía Esperanza Aguirre. Conservadores y católicos eran para mi equidistantes de socialistas y comunistas, sólo el liberalismo significaba libertad, aunque nunca me identifiqué con la izquierda libertaria tipo Emma Bonino, sino con Reagan y Thatcher y con sus equivalentes Aznar y Aguirre.

Oí a Federico Jiménez Losantos por primera vez cuando la Unión Democrática de Estudiantes que yo presidía estaba organizando con otras entidades educativas la manifestación del 12 de noviembre de 2005. Me gustó primero porque era gracioso (lo que ya me había hecho fan de Woody Allen antes y de House después), segundo porque era inteligente y tercero porque se notaba su formación de filólogo en todas sus críticas; eso me gustaba y convertía un programa de noticias en un comentario del tipo de los que yo situaba en la España noventayochista. Además, me gustaba lo que decía de la educación, eso de prohibir por Ley que los padres se acercaran a menos de 10 km. de los colegios (más que nada por el contraste con todo el rollo de la participación de la comunidad educativa y de los Consejos Escolares del que yo acababa de huír y que también defendía cierta derecha) y de que cargarse la escuela pública favorecía al rico tonto y perjudicaba al pobre listo. Me gustaba porque era un discurso liberal que pensaba sobre todo en quienes menos tenían, en mejorar la escuela pública librándola del socialismo y en defender al profesor frente a APA y Hampas.

Oyendo a Jiménez Losantos aprendí dos cosas fundamentales para mi pensamiento liberal: sin Nación española no hay libertad y la coalición entre católicos y liberales es necesaria no sólo para llegar al poder sino para defender unos valores, unos sentimientos y unas políticas que eran más comunes de lo que yo pensaba, con contadas excepciones.

Lo primero, que luego profundicé leyendo a Alejo Vidal-Quadras, a Juan Carlos Girauta y a José García Domínguez, me hizo entender la diferencia entre el nacionalismo y la defensa del inseparable binomio España y libertad. La Nación española de los liberales no era un proyecto identitario, colectivista, como yo entendía entonces cualquier idea nacional. Era algo mucho más sencillo: la defensa de un espacio de libertades y de igualdad jurídica entre todos los españoles. Si retrocedía España, retrocedía la libertad, y al evidente caso vasco se le unía la persecución de los castellanohablantes en Cataluña. No había nacionalismo alguno en defender una idea nacional de España porque no se buscaba la homogenización de una sociedad desde el poder público invadiendo libertades individuales, como sí hacían los nacionalistas étnicos o territoriales, sino defender derechos individuales, de personas en vez de territorios, a lo largo y ancho del territorio español. Sin un Estado-nación que garantizara esa libertad y ese marco de igualdad ante la Ley, la alternativa eran proyectos identitarios regionales incompatibles con la libertad.

Y en cuanto a entender el liberalismo como la defensa de una derecha fuerte, de un movimiento social liberal-conservador, que incluyera a católicos, conservadores, etc., y que tuviera entre sus objetivos la defensa de la Nación y de la libertad, vino de la mano de los ataques de Zapatero a los católicos y de oír sus reivindicaciones. Los católicos no estaban pidiendo leyes que impusieran una moral colectiva, estaban defendiendo sus derechos como individuos. En la cuestión educativa se veía clarísimo: lo que la Iglesia quería era libertad para educar en sus convicciones, no imponer nada a nadie. La Iglesia no era ya un enemigo del liberalismo; frente a ZP, sólo buscaba defender su derecho a existir. Por eso, dejando de lado diferencias en cuestiones como el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, las reivindicaciones católicas y liberales frente a ZP eran claras: libertad invidual.

¿Y la educación? ¿Qué era el liberalismo educativo? ¿Privatizar todos los centros públicos, suprimir los impuestos destinados a financiar la educación y que cada familia se hiciera cargo libremente de la educación de sus hijos? Me parecía insuficiente. Por suerte, Regino García-Badell me recomendó leer los artículos escritos al respecto por Alicia Delibes (que además de liberal era su mujer), y de ahí vino el pilar educativo del liberalismo. Más que política, la alternativa era cultural, y encajaba con el modelo liberal de Jiménez Losantos y con las reformas educativas de Esperanza Aguirre y de Pilar del Castillo.

La defensa del esfuerzo, la disciplina, la evaluación de los resultados, el prestigio del saber... era una alternativa al actual modelo de pedagogismo y dejadez de la enseñanza más cultural que política y que sonaba más conservadora que liberal. Pero pronto entendí que la Instrucción Pública era un componente fundamental del Estado liberal porque permitía la promoción social de aquellos sin recursos pero con talento y con fuerza de voluntad; era un instrumento de movilidad social y de igualdad de oportunidades, de hacer realidad ese sueño liberal americano de que el hijo del más pobre pudiera llegar a ser Presidente de EE.UU. Luego Alicia escribió su libro La gran estafa y Sarkozy empezó a dar aquellos vibrantes discursos anti-Mayo-del-68. No era nada conservador, era lo más liberal del mundo que la escuela fuera un instrumento útil para que pudieran prosperar quienes tenían capacidades pero no dinero, objetivo que nada tenía que ver con todo el rollo pedagogista y progre que tenía la Izquierda educativa.

Y para terminar la cultura; la desmitificación de la multiculturalidad a la que parecía llevar un menor protagonismo del Estado y un mayor flujo de personas, consecuencia de la globalización. Gracias a FAES y a los libros que editó, así como a Oriana Fallaci, Pim Fortuyn, Ayaan Hirsi Ali, Mark Steyn y Bruce Bawer, comprendí que resultaba fundamental defender la civilización occidental y sus valores para defender los derechos individuales. Primero, porque había que garantizar que el Islam político no ganaba peso como alternativa cultural a Occidente, ya que en Occidente tenían hueco la libertad de expresión, la propiedad, la libertad sexual, la igualdad y la democracia, y en el islamismo que se propugnaba como alternativa no. Y segundo esas libertades no pueden ser un privilegio para los occidentales, deben extenderse aunque no sean propias de otras civilizaciones porque se diga lo que se diga son moralmente superiores. Y eso justificaba una política exterior basada en una determinada idea del Bien y del Mal (lo que algunos llaman neoconservadurismo y de lo que aprendí leyendo al GEES y a José María Marco), que defendiera la presencia de Occidente en el mundo, y una política de inmigración que exigiera la integración. El liberalismo no era ver burkas por las calles londinenses porque el burka no representaba la libertad sino el sometimiento de la mujer que lo llevaba.

Sí, sin duda el liberalismo era algo más complejo que defender la libertad individual. Pero en todos los casos anteriores, ese era siempre el objetivo.

sábado 3 de noviembre de 2007

Mi adiós a la Izquierda

En 2º de la ESO conocí de cerca el sindicalismo de izquierdas, por motivos básicamente familiares. Empecé a leer a Marx, cuyo Manifiesto Comunista me atrajo tanto por lo ético como por lo estético, desde aquel fantasma que recorría Europa hasta aquellos comunistas de todos los países que no tenían nada que perder salvo sus cadenas.

Con 13 años me cambié de colegio, a uno concertado. Al poco de llegar, y con el único currículum de haber recogido firmas para una petición de Izquierda Unida contra Ariel Sharon, me presenté a las recién convocadas elecciones a representantes de estudiantes en el Consejo Escolar. Lo hice con el objetivo de suprimir el uniforme, que consideraba un símbolo de elitismo y opresión de inspiración católica. Desde el primer momento, entendí aquellas elecciones como una "lucha de clases" de los alumnos contra una APA católica y un Director votante del PP.

Tras el fracaso de mi propuesta de "abolir" el uniforme en un Consejo Escolar controlado por aquellos padres que yo veía reaccionarios y ultracatólicos, así como un choque con los profesores que yo consideraba más conservadores a cuenta de la retirada de crucifijos que exigí y, en parte, conseguí, consideré que había llegado el momento de constituir una asociación de estudiantes que diera fuerza a "los estudiantes" frente al resto del mundo (empeñado en que nuestro único papel era estudiar), imitando así el sindicalismo de clase.

No voy a aburrir más con lo que siguió a todo aquello. Tras la asociación, vino mi militancia en una federación de estudiantes de izquierdas, así como mi acercamiento a la agrupación juvenil del PCE, que no fue más allá porque todo aquel entramado de asociaciones y federaciones de izquierdas representadas en Consejos Escolares y de la Juventud parecía el mejor camino hacia la emancipación (participativa) estudiantil.

A todo ese mundo asociativo, participativo y federativo (al que hoy considero sectario y en gran medida responsable del fracaso escolar de una cuarta parte de los escolares españoles) debo un proceso de reflexión que me llevaría a alejarme del mismo. Pues fueron todas esas asociaciones las que me hicieron seguir con suma atención un debate que acababa de empezar: la Ley de Calidad de la Educación del Gobierno de derechas de José María Aznar.

Resulta que, pese a que mi colegio era concertado, en cada clase había algún gamberro (lo que hoy sería un problema de convivencia cuando no de gestión de la interculturalidad), obligado a pasar allí largas horas del día para llegados los 16 años poder trabajar en el oficio manual del padre. Esos, junto con algunos inmigrantes musulmanes que en vez de ir a clase iban por los pasillos atacando a los demás, protagonizaban enfrentamientos con alumnos y profesores (hoy, la "comunidad educativa") y destrozos del mobiliario casi a diario. Y yo, que no despertaba grandes simpatías entre los mencionados, sabía, por mis compañeros, que de esos había diez veces más en los Institutos públicos, que se suponía que estábamos defiendiendo los que éramos de izquierdas.

Por todo ello, me pareció de lo más sensata la propuesta de Pilar del Castillo, quien también en su momento había sido comunista ('Bandera Roja' y luego PCE), avalada por Aznar, de separar a los alumnos en distintas vías de estudio desde los 14 años. Me parecía de sentido común, aunque entonces no me atreví a decirlo, primero porque el colegio de La Moraleja en que yo había estudiado (gratis) unos años atrás ya organizaba a los alumnos por niveles en Inglés y Matemáticas y eso había ayudado al éxito de muchos o, al menos, a no condenar a todos al fracaso. Y, segundo, porque me parecía una injusticia tener que aguantar en clase a los gamberros de siempre, los que me hacían no querer ir a un Instituto público.

Ahora se me ocurre que también esos chicos -algunos de los cuales veo a veces por la calle- podrían haber salido beneficiados si hubieran estudiado 2 años de una especialidad de Formación Profesional que les motivara algo en vez de perder el tiempo insultándonos a los demás; tal vez incluso se hubieran esforzado, no habrían malgastado todos esos años, y habrían mejorado algo su situación de "certificado de escolaridad" al salir del sistema educativo.

El caso es que ahí empezó todo, con la Ley de Calidad "del PP", que se decía en la izquierda. Cada vez resultaban más sospechosas mis ideas en las Juntas Directivas de la citada federación de estudiantes de izquierdas, donde la tónica general era que había que salir a la calle a defendernos de las agresiones del PP. Me fui distanciando hasta que la dejé definitivamente para fundar otra organización, entonces muy pequeña, de estudiantes que apoyaban todas esas reformas y que posteriormente contaría con la ayuda de Esperanza Aguirre, a quien yo sólo conocía entonces por Caiga Quien Caiga, y quien es hoy mi principal referente político.

Debo decir que en esa deserción de la izquierda me encontré con el apoyo de muchos profesores de izquierdas que sí estaban de acuerdo con todo eso de la Ley de Calidad. Pero aún me faltaría lo más importante, conocer esa ideología que sustentaba la reforma de Pilar del Castillo y el Gobierno de Aznar, las propuestas educativas de Aguirre y a todos aquellos que habían dejado la izquierda en algún momento de su vida. Sin saberlo, y sin conocer aún a quienes luego más me influirían intelectualmente, empezaba a hacerme liberal.

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